
Me encuentro en una calle desconocida, rodeada de casas de estilo inglés, con jardines afuera. Sólo logro distinguir el ladrido de unos perros que corren despavoridos de unos cuantos niños. Tres personajes acompañan mi travesía, entre ellas está mi adorada “Poetisa maldita”, que está a punto de terminarse su último porro. No logro alcanzar a robarle la última pitada.
El sol se va diluyendo por la avenida, “Viajero” nos invita a pasar la noche en su casa, Poetisa maldita asienta la cabeza en señal de aprobación. Subimos al Wolfswagen negro, Poetisa Maldita toma el volante, mientras pienso que no estaría del todo bien, nunca tuve mucha confianza cuando Poetisa Maldita manejaba, sus nervios y su mal humor le juegan una mala pasada cuando conduce, y más aún si se acaba de fumar un porro.
Disimulo un poco, y no se logra dar cuenta de mi incomodidad al verla conducir, me siento en el asiento trasero junto a Viajero y a “Chica Sexy”, pido a Poetisa Maldita que ponga un disco de Serú Girán, como en aquellas ocasiones que íbamos de camping. Tengo la intuición que esta noche será larga y de excesos.
Un rayo de luz irrumpe violentamente mi travesía, Poetisa Maldita, Chica Sexy, viajero y todas las imágenes de mi inconsciente se tendrán que ir esta vez sin mí, pues acabo de levantarme de este largo sueño.
Mi reloj de pared marca las once de la mañana. Es jueves Santo, no hay clases, no hay trabajo y no hay ganas de levantarse de la cama, excepto por los gritos de mi madre que me obligan a acompañarla a la iglesia.
Mientras me lavo los dientes, algo somnoliento aún, pienso en algún plan para pasar estos días de Semana Santa. La verdad no tenía no ni la más puta idea de lo que iba a hacer.
Al volver de la iglesia, con la satisfacción de hacerle creer a mi madre lo importante que es para mi hacer todos los ritos católicos, me despido de ella con un beso en la mejilla, y vuelvo por otro camino con dirección a quién sabe donde. Mis pasos recorren la avenida Canadá, se me hace raro ver las calles tan vacías, los negocios cerrados y hasta los “dateros” ausentes.
El ambiente me despeja la mente, en mis pensamientos sólo recorre la idea de que esta Semana Santa la pasaré invernando en mi cama con coca cola, películas viejas y libros. Una figura en la acera contraria me saca de toda abstracción, mi vista se pierde en la todavía lejana imagen de una mujer. Conforme nos acercamos, empiezo a tener una extraña sensación, inexplicable con palabras. La mujer de la acera contraria se acerca hacia mí, pronuncia mi nombre, esa voz y esos cabellos son inconfundibles. Es ella, es mi ex enamorada, Cristina.
Me cuenta que está en Lima desde hace 1 mes y que aún le quedan dos meses más de vacaciones para después volver a España. Me dice que las cosas no le están yendo del todo como lo planeaba, en los estudios no le va mal, sin embargo la soledad y la nieve madrileña le hacen pensar en volver.
La conversación la continuamos en un café cercano. Me doy cuenta que a pesar del tiempo aún no puedo dejar de babear por esa mirada de niña de transmite Cristina.
Entre bromas, recuerdos, y capuchinos. Se me ocurre una idea, genial por cierto, pero atrevida. Le digo que tengo una buena propuesta para ella. Trato de ponerme serio, para evitar que lo tome a broma. Mi propuesta consiste en ofrecerte un viaje a Cusco por Semana Santa. Claro, todo corre por mi cuenta, logro decirle con una cómplice sonrisa. Sólo te pido algo a cambio de eso, que hagamos el amor esos tres días. Cabe decir que los tres años que estuve de enamorado con Cristina nunca no lo hicimos, ya fuera por sus ideas conservadoras o por el miedo a sus tías.
Ante mi propuesta indecente, Cristina me tira el café en el polo. Y antes de anochecer, ya nos encontramos en el aeropuerto tomando el avión. Pues, aunque la propuesta fue indecente, la tentación de un viaje pudo más.
Era mi tercera vez que estaba en el Cusco, la majestuosidad y los destellos de misticismo que despierta esta ciudad en mi, me hace volver cada vez que puedo. Nos alojamos en un hotel cerca del Coricancha. Recorrimos toda la ciudad, visitamos los pueblos cercanos, montamos a caballo, y paseamos en tren. Por la noche fuimos a una taberna, una de mis preferidas, donde el vino, la música y la vista a la ciudad le dan un ambiente sublime.
Después de emborracharnos escuchando a Serrat, Milanés y Charly. Volvimos al hotel. Prendí, la televisión, Cristina me pidió que la apagara. Se echó en la cama. Yo aún estaba sentado en el sofá leyendo unas revistas, no la quería presionar. Después de un momento, me dijo me eche a su costado y que la acompañe. En ese instante adjudiqué que Cristina era una buena socia y que cumpliría la otra parte del trato. Sin embargo, me expresó que estaba cansada, y que quería dormir. Sentía que estaba siendo engañado, pero no le dije nada. Esa noche no pude dormir o más bien dormí poco. Por mi mente transcurrían muchas cosas hasta que Poetisa Maldita, Viajero y Chica Sexy me atrajeron a ese mundo irreal, entonces caí dormido.
En los próximos dos días pasó los mismo, Cristina aún no cumplía con el acuerdo pactado desde un comienzo, pues en la última noche no pude contenerme y le dije muchas cosas que terminaron por hacerla llorar desconsoladamente. Después de media hora la abracé, consolándola le dije que si no quería no tendría que cumplir esa parte del trato, que sólo me bastaba con que ella estuviera a mi lado. Ella me sonrió con esa mirada de ayer y le di un beso en la frente. Esa noche, sábado santo, hicimos el amor, la guerra y todo lo que cualquier cuentista y narrador no se pueda imaginar.